domingo, abril 26, 2026

Las tardes con viento entristece el ramo de flores

Debes leer

César Rito Salinas
Jewel y yo salimos del algodonal, por el sendero,
uno detrás del otro.
WILLIAM FAULKNER, Mientras agonizo
Cuando hundes las manos en el barro tienes que sacarla untadas de algo, si no ¿cómo? Aquella noche, antes de la petición de mano, hubo indicios que no los supe leer. El hallazgo de su cuerpo salió en los periódicos, es historia conocida. Todos me preguntan la historia de la mujer que murió en la playa, no contradigo ninguna versión. Aquí me tienen, sirvo a la Señora.
Cuando llegan las mujeres la Señora me ordena dar las primeras instrucciones. Aquí han llegado mujeres que queman el mundo con su lengua y con su vientre, con sus puños y con sus ojos, su lengua. Las hemos tenido mosca muerta, las que llevan la música por dentro. A esta casa llegan jóvenes y llegan viejas, la cama es un asunto sin vigencia repleto de olvidos. Algunas llegan de ciudades lejanas, de otros países.
Para hacer el trabajo me acompaño de libros y silencio, como a ella le gustaba.
Ella me pidió antes del encuentro con su padre “huyamos”, pero yo me porté como gente honesta, “te pido”, le dije.
No bebo, me reconozco grande para agarrar un vicio; prefiero sacar el trabajo.
Todas buscan certezas.
Las hay quienes salieron de aquí bien casadas, el mar es generoso con sus hijos y cada día otorga un nuevo inicio.
Hay quienes fueron consumidas por el vicio, la ira que cargaban dentro. Mueren de alcohol, que es la forma más simple de cargar el silencio.
Se hace la luz y el silencio junto a la bebida.
Una vez llegó una mujer que gustaba recitar poemas, para ella inicié esta escritura. Aquella noche, después del incidente de la espina de pescado en mi garganta, me despedí de ella con un abrazo, estreché la mano de su padre, “hijo”, me dijo. Yo no pude responder nada, sólo me dieron ganas de llorar. Yo quería casarme, ella quería otra vida.
Su padre la entregó, sin que yo la pidiera.
Entre más conozco a las mujeres más amo a mis libros, a las mujeres les gustan los hombres callados. Ella quería recorrer puertos y ciudades, “vámonos” repetía cuando hundió su rostro entre mis cabellos.
En noches tranquilas salgo a la puerta con un libro, las hojas blancas. Otras noches, cuando hay angustia en mi alma, el remarca textos amarillo guía mi calma. Yo quería levantar familia, iniciar la vida sin amenazas.
Armida entró en angustia, supo que se le acababa el aire.
A veces voy a su casa a saludar a su padre. A veces él viene a verme al trabajo. Ya no continué los estudios, no tenía el para qué. Primero me quedé en este servicio por la paga, luego por dolor de tener tanto tiempo libre sin Armida, después lo hice para conocer a mujeres que aman largarse sin motivos.
Le había jurado amor eterno, pero no contaba con la voluntad de los dioses.
Me abandonó, le atrajo el ruido de otro puerto, pero se quedó conmigo la costumbre de cantarle al viento.
A veces las mujeres de la casa me piden las acompañe al cuartito que rentan, al terminar la jornada; el mal persigue a la mujer, nunca descansa. Ellas me comparten una esquina de su cama, Armida me entregó su alma, o me ubicó como el pretexto para escaparse de este sitio. En algunas tardes con viento recuerdo la canción de pescadores que ella gustaba cantar en la cama: “Cuando en la playa la bella Lola su lindo talle luciendo va/Los marineros se vuelven locos/y hasta el piloto pierde el compás”.
Ella puso la espina en la carne del lenguado, para que yo callara.

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