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sábado, febrero 24, 2024

El libro de Mexicali

Reportajes

César Rito Salinas

Migración e identidad forman esa bola que arrojan los gatos cada cierto tiempo, una pasta seca de pelos y polvo que, como parte de su naturaleza, cargan para levantar con ese elemento la belleza serena que los caracteriza, el mirar pensativo frente a la ventana y que -como parte del panorama- arrojan cada cierto tiempo.

La ciudad que habitamos nos recuerda los viajes y el regreso, la esperanza que surja luego del periplo una estancia grata, en medio de imágenes conocidas.

Esta escritura la levanté al regreso del desierto, Mexicali, pegado a Calexico, el alto muro que tanto nos indigna; de aquello que recogieron mis ojos dejo constancia.

El árbol en el baldío de la ciudad atraviesa como barca mitológica el océano de fuego, repleta con su extraña tripulación.

El espectáculo lo forma el indigente entre las ramas del pino salado, juntos levantan la imagen de identidad y masa. De lo que se trata es de atravesar el cristal sin alterar el espacio, algo mágico. Lo edénico de la tierra.

El pino salado se niega a morir, resulta inmune al fuego. Sus ramas contienen a mujeres y hombres sin familia. ¿Quién será el dueño de lo abandonado? ¿Qué angustia sufre un hombre que sólo cuenta con una rama para protegerse de todo el mal que se junta en esta vida?

El amor sigue la extraña cartografía de los baldíos, dice Alejandro Espinoza. Los indigentes cuelgan de las ramas del pino como páginas húmedas del diario, puestas a secar luego de la acción de los bomberos entre el siniestro. El pino salado sabe de la difusión de la pobreza. El entorno resulta, también, la geografía de los adolescentes enamorados que buscan huir de sus mayores.

La basura que arrojas en la calle llega a las ramas del pino salado, sirve de escenario para los amores furtivos.

Las lenguas de fuego del desierto arden en las hojas del pino salado, hacen que surjan los demonios del fondo de la tierra.

En la frontera es cool tomar fotos a los indigentes amontonados sobre las ramas; inatacables, aplacan la conciencia social. La imagen que capturas te convierte en justiciero hecho a la medida de la mirada domesticada de todos.

Del árbol salado descendió el hombre. ¿El indigente como el primer Adán sobre la arena? Las ramas del pino salado purifican el aire del desierto, le restan velocidades tóxicas. El lote baldío es el sitio de nadie, lugar de encuentro del amor perseguido.

El zapato abandonado narra el futuro en la tierra del baldío, mientras en la bitácora inmobiliaria reposa el sueño de los diseñadores siniestros.

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