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jueves, abril 18, 2024

El canto del cadáver

Reportajes

César Rito Salinas

Todos los cadáveres cantan.
Entre el techo y el muro la vida toda resulta una enumeración de muertos que ocupa el espacio entre el calcetín y la araña, la sombra, hasta la vía láctea con sus nuevos planetas descubiertos, nuevos mundos donde brota el agua clara y fresca, cristalina mientras afuera pasa el aire apretado contra el pregón del panadero de la tarde:
La sombra sin familia pretende ser vista por nuevas personas para que conozcan el espacio de la habitación, hay sombras cordiales, los muros que hacen el espacio de cuatro por cuatro que se sostienen de carteles pegados en las paredes: un músico, una cantante en delirio, una flor, un cacto, cactus; en los muros sube, retiene pliegos de colores que se abren desde el calcetín escondido bajo la cama al cadáver de la araña muerta y disecada, viva, que atisba sostenida en la esquina al muro con sus patas largas y peludas y canta,

  • ¿Y si se muere?, el cacto que me vas a regalar.
    Yo era un niño con el recuerdo fresco de mi padre que, un día, acompañó a mi madre a la clausura de cursos.
    En una de las partes del programa representado en el foro escolar yo salía de domador, recuerdo que mi madre una noche antes preparó la ropa: sombrero de unicel forrado con papel terciopelo; paspartú dorado como galones y barras en la chaqueta azul marino. Guantes de lunes de homenaje a la bandera de mi hermano mayor, zapatos grandes. Aparecí junto a las bestias, hice estallar un látigo improvisado con una rama de ciruelo que en la punta llevaba la piola de mi trompo; estaba rodeado de tigres con rayas postizas que, obedientes, saltaban por el aro de fuego. Mi padre se integró con aplausos a la ovación que brindaron en la escuela al niño domador.
    (¿cómo podría morirse lo muerto?) La sombra es larga, esbelta como un ciprés atado, listo para regalo, un árbol de ornato; muy de mañana cuando entra en la habitación y el canto de las aves se extiende, ella, la sombra, se despereza, se esconde bajo el tapete, sombra y polvo, se recompone la sombra como ave que canta aunque nadie escuche, abre sus alas, se empequeñece o crece, se agiganta:
  • Tú no me cuentas nada.
    Casi al terminar el agosto del 73 mi padre falleció; mis hermanos especularon sobre la causa de su muerte, era un hombre joven, cincuenta y cuatro años, sólo llevaba diez años a mi madre; hablaron de una tos mal curada, un viento repentino, una inyección cambiada que le aplicó la enfermera. Nunca supe de qué murió mi padre, a los pequeños hijos no se les explica las razones de la muerte. Sólo recuerdo que cada domingo acompañaba a mi madre por la mañana, ella atada al ramo de flores; yo arrastraba la escoba, pegado a su enagua, rezongón, camino al cementerio. Mis recuerdos saltan, se ocultan (las cosas que nos duelen eligen permanecer ocultas), la memoria falla sobre aquello que refiere a la obligada visita de los domingos.
    Ubico marzo, su amanecer repleto de calores.
    Los pasos diminutos de mi madre llevan prisa rumbo a la cita del domingo.
    Habla con el muerto mientras reposa de su esfuerzo de empujar flores e hijo por el camino, transpirada. Al ausente le dice sobre la conducta de los hijos, pide consejos para crecerlos; arregla la tumba, se abraza a la cruz que se clava en su pecho, gime; llora, luego calla, seca sus lágrimas, arregla la tumba y emprendemos el camino de vuelta casa.
    El canto de los pájaros entra en la habitación mientras ella, la mujer que se extiende en la cama entre la sombra que crece piensa en la cerradura que le mira su cabellera larga y alborotada como la cresta de una palmera, desde aquí puedo imaginar la gota de sudor que resbala por su sien izquierda, ¿te gusta el mar?, los zapatos en el piso, el tapete ahora ligero de sombra y polvo, su respiración acompasada que avanza como pez en la pecera una tarde de cansancio y silencio:
  • Cacto, cactus, ¿se mueren los cactus?
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