César Rito salinas
I
Hay tardes de marzo, de calor y calina tupida cuando hace falta el aire, esas horas en que crece la necesidad de aquella brisa fresca que anhela el humedeció rostro en la infancia. Con los días me muevo lento, extraño tu muslo, tu cintura, digo que habito sobre madrugadas de frío porque no puedo estar pegado a tu cuerpo.
A veces no aguanto el aire caliente sin tu presencia, será que me enseñaste a disfrutar juntos los enrojecidos bocados del alba.
Cruzo la calle y vuelvo. Hay un deseo de tu compañía cuando sobre el horizonte más crece el calor.
A veces digo que extraño las tardes de fiesta, tu sonrisa frente a mis ojos.
II
De pequeño, en el patio de la casa de mis padres jugaba béisbol. Era bueno para batear del lado izquierdo, el lado de los zurdos. A lo zurdo. Aunque en la escuela me enseñaron a escribir con la mano derecha. Mi lado natural era el izquierdo, lo demuestra la inclinación de la máquina de escribir ese lado cuenta con la fuerza de mis manos; puedo golpear con lo que tengo en el interior de mi cuerpo del lado izquierdo. Del derecho tengo el hígado, que a últimas fechas no anda nada bien. Del izquierdo, el pulmón que genera más oxígeno. Cuando salí del pueblo cargué conb muy pocas cosas, una muda de ropa, el sombrero, tu sonrisa.
III
- Aquí estoy, espero la hora de la desgracia.
Aroldo llegó con aliento a mezcal. - ¿Usted escribe?
Bar Jardín a esa hora se encontraba vacío, la capitana de meseros como gesto de compromiso con el patrón no perdía detalle de los meseros. - Intento escribir desde la adolescencia; quiero aprender, pero nadie me enseña –dijo Aroldo.
Hay días de horas sin esperanzas, cuando el calor baila en la calle, entre palomas ariscas. - Soy músico, en mis ratos libres amenizo fiestas, cumpleaños.
El calor creció al mediodía en la vieja Antequera; en el aire caliente flota el olor a mezcal. - De niño me fugué de mi pueblo, soy de los Mixes –dijo.
- ¿Allá llueve? –pregunté.
- Por este tiempo llueve mucho y hace frío, tiembla –dijo.
En los primeros días de marzo en el Centro hacía tanto calor que parecía caer fuego sobre las bancas, las copas de los árboles, la bandera monumental frente al atrio de catedral. - Eso me falla, la bebida –dijo Aroldo.
Nadie me quiere enseñar a escribir, repite mientras los policías municipales llegan para recomendar el retorno a casa. - Fui mozo chico –dijo Aroldo.
Desde las mesas de Bar Jardín se puede mirar al fondo el cielo azul; cielo de zafiro, como cantan los poetas. - Quiero escribir –dijo Aroldo.
Me puse a contar la historia de Malcom Lowry, cuando estuvo en Oaxaca.
En el año 36 del siglo pasado se hospedó en el Hotel Francia, frecuentó el Covadonga -en este mismo Portal de las Flores donde está Bar Jardín. - Un amigo me regaló en la mañana un poco de mezcal –dijo Aroldo.
Malcom Lowry, en aquel tiempo, fue hecho preso por practicar vagancia, dejó como testimonio de su estancia en el penal un poema; imagino al súbdito inglés, temeroso errando por las calles, perseguido por delirios los del alcohol y sus recuerdos, en alguna parte leí que derramó lágrimas junto a las ruinas que dejó el terremoto del 31. - ¿Quiere botanita? –dijo Aroldo.
III
Ricardo Piglia estudió en 1970 la ruta de Lowry por México, el argentino llegó a Oaxaca en la Feria del Libro en 2013, pudo mirar el infierno que retrató el autor de Bajo el Volcán; en el zócalo de la ciudad, con la lluvia, los árboles crecen un poco torcidos. Aroldo espanta las palomas hambrientas que revolotean en la banca, puedo ver el desfile de los pordioseros: una indígena con la receta médica pegada al pecho, un hombre sin mano que supuraba por el muñón, un viejo trompetista, una joven egresada de Bellas Artes que toca el violín frente al cántaro de barro; cantantes de ranchero, flautistas de conservatorio, jóvenes raperos, acróbatas, campesinos que pedían dinero para volver a su tierra; payasos, húngaras de generoso escote que adivinan la suerte; políticos en desgracia que calientan el asiento desde temprana hora de la mañana, frente a Palacio de Gobierno. - Nadie me enseña a escribir –dijo Aroldo, frente a Bar Jardín.
Destapó la botella que traía en la bolsa derecha de sus pantalones.
Tragué saliva.
El calor me vuelve impertinente, a veces, digo, sólo canto, deliro por tu espalda de luna en cuarto creciente sobre la cama.
Dinero llama al dinero, me lo dijo mi madre. - El Diablo.
La moneda refulge bajo la luz mercurial, cantan los gallos.
Entre las hojas del libro soy un niño que se guía por el volumen de los colores, en la mañana busco la página donde detuve la lectura la noche anterior, el recuerdo de la narración llega entre señales: encuentro la página, mis ojos reconocen los renglones marcados con rojo y azul. Tengo preferencia por el subrayado a dos colores, armo una estructura de recuerdos, relaciono estructuras a partir de los colores. Cuando realizo la jornada de lectura utilizo un bicolor, como los maestros albañiles que trajinan entre andamios y muros amparados por un trozo de lápiz de dos colores en la oreja. Me gustan los subrayados cortos, remarcar en rojo. Despiertan mis sentidos, me disponen para abrir el pensamiento, me orientan entre la mañana de los ojos cansados por el desvelo. Prefiero el tono rojo, pero existe el azul. El azul construye concepto y significado, constancia y trabajo, teoría literaria. Siete líneas rayadas en azul, seguida de una línea punteada en rojo arman el sonido específico que llega desde mis ojos, los órganos del cuerpo. - El Diablo.
El aire de la mañana agitó en la calle los papeles oscuros. - Pon El Diablo.
Cuando leo el rojo y el azul me acercan a la realidad figurada en el preciso instante en que aparece sobre la página el amarillo, con un sonido repleto de calles, mezcales y cantinas. - El Diablo.
Salí del puebleo, se extravió mi corazón.
Me debería colgar de la jacaranda para que, desde ahí, suspendido con la lengua de fuera, la cabeza algo torcida a izquierda o derecha, los tobillos alargados, sin el zapato del pie izquierdo, la pata extendida, las manos al costado pudiera escribir; soy mala cabeza, malcontento, las cosas que deseo se cumplen.
Quería escribir, escribo desde la desgracia.
Me siento en la mesa de la cocina y escribo. Permanece cierta dolorosa cercanía en los espacios que uno elige para hacer el trabajo. El que escribe espera resultados diferentes en su trabajo. Esto es de locos. El cerebro trabaja por geografías. Dentro de todas las ecuaciones que realizo está el desarrollar el gusto por los recuerdos.
Temprano recibo la luz del día escoba en mano, arreglo el patio, reconozco a esta hora asuntos de magia, ensoñación, como un salir temprano a misa o alistar el caballo.
En una junta de doble A me dijeron que se bebe alcohol por gusto, lo demás son justificaciones, puras patrañas. Cuando escribo en la cocina salivo, el cerebro establece ecuaciones referenciadas a partir de la misma geografía.
En la infancia gustaba de panes y limones en la cocina de la casa de los padres. Panes amarillos, limones amarillos. Los exprimía para meter en mis pulmones todo el aire fragante. Escribo en la cocina atento a las temperaturas, como el que espera que hierva la leche en la estufa. Cuando escribo esto me doy cuenta que la frase ya fue pensada y olvidada por otro.
Podría escribir “te amo”, pero sólo escribo la palabra “llavero”. La vida cotidiana está hecha, en su mayoría, de cosas impensadas. Sentimientos, pasiones. ¿Dónde estoy? En mi niñez tomé la costumbre de arrancarme los cabellos, uno por uno, comía la base bulbosa.
En la adolescencia aprendí a comerme las uñas. En la edad adulta hice sangrar con los dientes la yema de mis dedos; encontré una mujer que me incitaba a comer cueritos, ella comía mis manos y yo probaba la base de sus cabellos.
Lo que me religó al camino fueron sus ojos nuevos con los que me mirabas cada amanecer, permanezco callado con palabras tuyas puestas en mi boca.
Ebrio debe espero en la banqueta que llegue el sueño. O que me corra el vigilante o que llegue un amigo a hacer compañía.
Lo que llegue primero. Sentado en la banqueta con los brazos cruzados sobre el pecho me hundo en el silencio, mientras en el cielo atraviesan las estrellas descubro que debo largarme de esta tierra para que nazca mi voz.
Lo hice en mi adolescencia, buscar mi destino; esta noche debo buscar el camino entre la bruma, con la mirada puesta en las estrellas, los brazos cruzados sobre el pecho en señal de resignación, recargada contra el vacío encuentro la banca pintada de verde, como si supiera de mi cansancio, siempre sola y siempre limpia parece que me aguarda.
Quien la puso ahí supo del camino y el sol, el delirio -hay días de calor en que me falta el aire.
Si tuviera papel y lápiz escribiría cartas para una mujer de Tehuantepec.



