César Rito Salinas
Las tardes con lluvia te llevan a las preguntas sobre el lugar que habitas, la ciudad que se confunde rente a la ventana con las gotas de agua que cantan la canción de las dudas, ¿en verdad estuvo Humboldt en Oaxaca?
De su paso por la ciudad quedan una pequeña calle que lleva su nombre, sale del jardín El Llano y termina en el andador turístico Macedonio Alcalá; existe un municipio en el Istmo de Tehuantepec, en la zona del Bajo Mixe, que lleva su nombre: Guevea de Humboldt. Alguna escuela primaria fue bautizada en su honor: Humboldt, y nada más.
La duda es vieja, más de uno abordó ya el tema.
El asunto sin final será bueno para ocupar las horas, los días de la melancolía cargada de preguntas.
Fiedrich Wilhelm Heinrich Alexander von Humboldt nace en Berlín, Alemania, el 14 de septiembre de 1769 y murió en la misma ciudad, el 6 de mayo de 1859, sus biógrafos dicen de sus actividades: “fue polímata: geógrafo, astrónomo, humanista, naturalista y explorador prusiano (hermano del lingüista Wilhelm von Humboldt).
Polímata, “persona de grandes conocimientos en diversas materias científicas o humanísticas”, (diccionario de la Real Academia Española, edición del tricentenario, 2019).
Será sensato acudir a los libros llenos de historias donde el tiempo resbala plácido. Ricardo Garibay (Tulancingo, 1923, Cuernavaca, |999), hombre de letras a quien la “mafia” le restó gloria, dice: “Leer es pasar la voz, los ojos, las orejas y el entendimiento por la escritura de alguien de mejores luces y ciencias que las propias”.
Garibay marcó el camino en la tarde con lluvia, “pasar la voz, los ojos”; con buen ánimo inicié la lectura para esclarecer si Humboldt estuvo o no en Oaxaca.
En las historias, las más variadas, encuentro el ánimo para continuar frente a la lluvia; dice José Vasconcelos, en algún lugar de su Historia de México, que cuando Hernán Cortés se asomó al valle de Oaxaca, exclamó: “¡Bendito Dios que me permitió conocer este sitio!”. Con lo cual quiso Cortés en su día, y Vasconcelos en el suyo, ponderar la belleza del paisaje oaxaqueño.
Con estas palabras inicia su columna del jueves 11 de septiembre de 1969 Andrés Henestrosa (Agua del Tiempo, Tomo I: 1991): Cuando Vasconcelos lo dijo no era cierto que Cortés hubiera estado en la ciudad de Oaxaca, pero lo fue después.
El filósofo, enorme escritor metido a historiador, tuvo la ocurrencia y la incorporó a su historia, si es que puede llamarse así a un libro de bella creación literaria. Una mentira inventada por él, sobre la marcha. Sólo más tarde se descubrió el documento en que se viene a probar que Cortés, en efecto, había pasado por la vieja Antequera.
La lectura me lleva al recuerdo de lecturas; Ricardo Garibay, en su artículo Saber leer, dice: Sobre los hombres de vida más entregada a leer que a vivir se construye el prestigio y la fuerza de las naciones que entran por derecho propio en los jardines de la historia. Debe afirmarse que hombre sin lectura es apenas él mismo, es a medias, bien mostrenco, sin dueño y sin destino. Y en esa ausencia de dueños es él el principal ausente.
El camino está puesto para tomar los libros, el tiempo para dejar correr las horas sobre páginas.
Dice Garibay:
Pueblo que no sabe leer no sabe ver ni oír ni hablar, menos aún sabe pensar y no sospecha los daños que le acarrea su mínimo diccionario ni cuánto de su barbarie o su tropiezo se debe al torcido sentido que pone en sus escasas palabras. Abecedario pedregal donde el amor no alimenta nunca, ni puede hacerlo.
Garibay, personaje de hablar fuerte, de frente, que nombra las cosas por su nombre; el periodista Guillermo Vega Zaragoza lo pinta de esta forma en su libro De cómo conocí a Ricardo Garibay (Unicornio: 2018): Todo escritor es un hombre profundamente inmoral.
El semáforo en rojo aporta el tiempo necesario para ir de una a otra lectura, proporciona el carácter necesario para continuar con la investigación: ¿De dónde parten los escritores para escribir lo que afirman?
Garibay sorprende:
Todo escritor es un hombre profundamente inmoral. Es el hombre que traiciona todos los principios, todas las convicciones… Un escritor es básicamente un descastado, un hombre sin clase y sin compromisos. Si conoce a un escritor honesto es que debe ser muy joven y entonces le falta a usted y a él vivir un poco más.
El escritor de Hidalgo, afirma:
Cualquier idea, grande, chica, elemental o muy elaborada es veneno para la literatura. La literatura se hace con emociones, con intuiciones, con dolores; con felicidades o alegrías es muy difícil. La literatura es el pantano, es el vicio. Maurice de Mauriac decía: ‘Amigo mío, si te interesa la virtud, olvídate de la literatura. Si te interesa algo que no sea el cochambre de la vida, la porquería de la existencia, olvídate de la literatura”.
Con Garibay encuentro la ruta, el impulso primero que me llevó a preguntar: ¿Estuvo Humboldt en Oaxaca?
Dice Andrés Henestrosa, en su columna del 11 de septiembre de 1969: “Humboldt, pese a lo que digan muchos historiadores y escritores, no sólo oaxaqueños, sino de otras tierras, nunca estuvo en la ciudad de Oaxaca”.
La afirmación cae como gota de plomo sobre la mesa, perfora lo que toca, forma el ojo ciego que me mira sin parpadear.
Por lo menos hasta el año 1934 en que Paul Van de Velde, demostró con gran copia de documentos que el viaje del Barón a la capital oaxaqueña era un mito.
Tan viva está para nosotros la calle Humboldt, parecerá de cuento que el célebre alemán nunca hubiera estado en la ciudad que tanto lo festeja.
Henestrosa sostiene: “Guillermo Reimers Fenoccio, un curioso escritor y erudito, sugirió al ayuntamiento de la ciudad de Oaxaca que honrara a Humboldt, poniendo una placa en casa en que había vivido; número 5 de la primera calle de La Libertad. El homenaje se rindió el 15 de septiembre de 1920. El discurso oficial estuvo a cargo del propio Reimers Fenoccio, quien se limitó a afirmar que el Barón Alejandro de Humboldt estuvo en la ciudad en los albores del siglo XIX, en junio.
Pronto un historiador local, creo que Jorge Fernando Iturribarría, puso en duda la visita del sabio.
La placa conmemorativa fue retirada, pero pervive la conseja de que Humboldt estuvo en Oaxaca, si no en la capital y en el Istmo de Tehuantepec, en donde existe una población que lleva su nombre: Guevea de Humboldt.
Las horas suman nombres, los nombres paisajes, recuerdos entra en la tarde de que llama a la lluvia: ni en la ciudad de Oaxaca ni en el Istmo de Tehuantepec estuvo Alejandro de Humboldt.
La verdad es que en compañía de Bonpland, embarcó en Veracruz rumbo a La Habana, el 7 de marzo de 1804.
Dice Henestrosa:
¿Por qué la insistencia de algunos acerca de su paso por Oaxaca? Porque honraría al Estado, a su historia y tradiciones.
La leyenda de ese viaje es rica y variada.
De aquella afirmación ambigua sobre el Árbol del Tule, que dice el ilustre viajero en su célebre libro, nacieron cien referencias falsas y entusiastas que culminaron en unos versos que se le atribuyen, grabados en el tronco del sabino oaxaqueño, como él, gigante (…). ¿Cómo Humboldt que desconocía el idioma español, pudo escribir los versos que se le atribuyen? No. El breve poema es una superchería, travesura y antojo de alguno de esos falsificadores que nunca faltan, a veces, para bien de las letras.



