César Rito Salinas
Silba el grumete su canción en la ventana. La luna anda en el patio sobre hojas de albahaca. Contemplo la luna brava salir pareja de la marejada. La veo venir a mi mesa de trabajo. El grumete silba su canción en la ventana. Aquí me digo observando a la luna de plata, pude ser otro. Un matón en la madrugada, el cobrador de pasaje en el autobús que va del puerto a los pueblos, el obrero de la fábrica en la ciudad. No quise dejar el patio y su marejada. Esta noche mi perra también mira desde la hamaca salir a la luna en la playa mientras escucha al grumete silbar una canción en la ventana.
Un cocodrilo siniestro
Uno debiera poner el nombre de los poetas a sus animales entrañables. Sería una buena forma de difusión para la poesía. La gente podría andar en la calle y escuchar a una joven llamar a su perro con el nombre de Neruda, por ejemplo. Los poetas no son muy populares entre la gente, hay que reconocer. Los padres de familia podrán popularizar la lectura de poemas entre sus hijos si pusieran el nombre Ezra a su gato, maullaría sosegado en la madrugada del aguacero. Las mujeres solas podrían gritar con orgullo, sin el menor pudor en la sangre, ¡Sabines, ven aquí! Y se echaría a sus pies el perro fiero. Las viudas, siempre dadas a la lágrima podrían nombrar al perro lanudo sin ahogarse en llanto, Tristan. Sería grato escuchar el susurro de un hombre mayor en la calle sola, Alejandra. Sería bueno que la gente llamara con el nombre de un poeta a sus animales tan queridos. Pessoa sería un buen nombre para un cocodrilo siniestro.



