Arquitecta Minerva Reyes |
El cielo no había estado nunca tan azul.
Cristina Rivera Garza, El disco de Newton,
Diez ensayos sobre el color
Hay calores que matan, que borran pueblos enteros; del clima y sus consecuencias, de las altas temperaturas en Oaxaca estamos obligadas a hablar.
I. El calor que teñía el mundo (siglo XVII)
En los archivos del siglo XVII, el calor aparece como una presencia silenciosa, pero constante. No hay mediciones, no hay termómetros, pero sí hay descripciones: “el sol cae con fuerza sobre los obrajes”, “la cochinilla se seca en pocas horas”, “los mineros regresan exhaustos”. El clima era un actor económico.
En los meses de verano, Oaxaca de la Nueva España se convertía en un laboratorio a cielo abierto.
La ciudad, todavía pequeña, respiraba entre huertos y acequias, pero el calor se acumulaba en las calles empedradas como si la cantera fuera un metal que absorbía y devolvía la luz.
En los obrajes, la grana cochinilla se extendía sobre mantas blancas. El calor aceleraba el proceso de secado y definía la calidad del pigmento. Las mujeres que la cultivaban sabían leer la temperatura sin instrumentos: bastaba el tacto sobre la piel, la sombra del nopal, el olor del insecto recién desprendido.
El calor era un indicador técnico, una herramienta de precisión.
Mientras tanto, en las minas de Etla, los trabajadores descendían a galerías húmedas y emergían a un sol que parecía más pesado después de la oscuridad. El calor no era solo sensación: era parte del engranaje que movía la plata y el rojo hacia los puertos del imperio.
La ciudad vivía bajo un sol que no solo iluminaba, también administraba.
II. El calor que desbordó al valle (siglo XX)
A mediados del siglo XX, el calor dejó de ser un factor productivo para convertirse en un síntoma urbano. La expansión de los municipios conurbados —Santa Lucía, San Sebastián, San Martín, la Reforma Agraria— transformó el valle en una plancha de concreto y lámina. El crecimiento demográfico superó la capacidad de sombra.
Los registros de la época hablan de “temperaturas inusualmente altas”, pero la gente recuerda otra cosa, el aire atrapado en los cuartos pequeños, el pavimento que ardía al mediodía, los camiones urbanos convertidos en cápsulas de vapor.
El calor se volvió cotidiano, pero también desigual, golpeaba más fuerte donde había menos árboles, menos agua, menos espacio.
En los mercados, la fruta maduraba demasiado rápido; en las colonias nuevas, las familias dormían con las puertas abiertas para que el viento del Fortín circulara. El calor era un recordatorio de que la ciudad crecía más rápido que su infraestructura.
Un calor que no venía solo del clima, sino del hacinamiento.
Las noches se convirtieron en el único respiro. Las banquetas eran salas comunes donde la gente conversaba mientras el aire tibio bajaba de los cerros. El calor obligó a la conversación.
III. El calor que deja la tierra desnuda (siglo XXI)
En los Valles Centrales, el calor tiene una raíz profunda. No es solo el aumento global de temperaturas, es la transformación del paisaje. El monocultivo del maguey —sobre todo el espadín destinado a la industria del mezcal— ha sustituido a la milpa, al mezquite, al huaje, al maguey silvestre. La tierra, sin árboles ni diversidad vegetal, se calienta más rápido y se enfría más lento.
En las carreteras hacia Matatlán, Tlacolula o Zimatlán, el paisaje refleja la luz como una lámina blanca. Los trabajadores del campo avanzan entre surcos interminables, y el calor cae sobre ellos sin interrupción.
La tierra, expuesta, pierde humedad; el viento levanta polvo fino, las lluvias llegan tarde.
El calor es ahora un indicador de erosión.
La temperatura superficial del suelo aumentó en zonas donde el monocultivo desplaza a los sistemas tradicionales de cultivo.
El mezcal viaja al extranjero; el calor se queda en el valle.
En Oaxaca de Juárez, la ciudad recibe ese aire más seco. Las mañanas son más duras, las tardes más largas, las noches menos frescas. El calor ya no es solo estación, es consecuencia.
IV. Tres calores, una misma ciudad
El calor es archivo, registro, síntoma, advertencia. Y Oaxaca, entre montañas, sigue buscando sombra.



