César Rito Salinas
Patalean al compás los osos,
salta el león por un aro ardiente,
el mono anda en bicicleta…
WISLAWA SZINBORSKA, Los animales del circo
Intento entender la devastación, solo encuentro silencio y soledad. Como si se tratara de un sentimiento religioso, un origen: oscuridad y temor.
Con el agua de la tina hasta el pecho Juan dijo, “cierro los ojos y mi cuerpo nace en los pies, en la planta de mis pies, los dedos largos, donde percibo el agua viva, agitada”. Esto es un nuevo recuerdo: yo no puedo decir palabra alguna, sólo cargo como un nuevo regreso a la mudez.
La lluvia vino y se llevó el aroma a tierra mojada que antecede al aguacero, con el gua las cosas volvieron a cobrar movimiento.
Antes de enviar el paquete, antes que se soltara el agua, en el aire se sentía una tensión como de gelatina que tiembla en el plato mientras la familia en la mesa la observa; esa tensión previa que se siente antes de dejarse llevar por las palabras que, en la conversación, logra que se reconozcan -las palabras- importantes.
Importaba sacar el paquete, que llegara a tiempo a su destino; que saliera, que llegara, que no ocurriera nada en el trayecto; luego vino la lluvia y los hechos recobraron la contundencia de las cosas que tiemblan.
- Ya está el paquete –dijo ella.
Antes que cayera la lluvia lo alcanzó el olor a tierra mojada que desató sus temores, el miedo al encierro. ¿De dónde sale el olor a tierra en la ciudad que tiene sus calles repletas de pavimento?
El golpe de las primeras gotas sobre la ventana removió polvo y recuerdos, se escuchó que derrapó un auto en la esquina, ladraron los perros.
En la habitación se sentía el calor más intenso que antes del aguacero. ¿Por qué cuento todo esto? Ah, si, por el paquete.
Si, luego vino la lluvia y los segundos se pusieron en movimiento. - Ya está el paquete –dijo ella al teléfono.
Los truenos abren el compás de espera, marcan el prólogo de la desgracia. Quien los escucha permanece atento, con el cerebro que percibe los ruidos en el cielo y no alcanza a distinguir nada mientras busca y se tensa y ordena a los órganos del cuerpo que se preparen para recibir el impacto; solo permanecía alerta, pendiente del mínimo detalle.
El perseguido se guía por los sonidos, por algunos olores. Porque se sabe frágil, expuesto por más que se proteja. La realidad ocurre entre el cerebro y el pecho, como en un terremoto, cargado con ondas y vibraciones imposibles de anticipar. Salió el paquete, la naturaleza animal que me protege está atenta a los cambios en la atmósfera, me previene de cualquier movimiento.
El paquete salió sobre un infinito de circunstancias desconocidas. Cada envío implica una lectura nueva.
Para eso me pagan, para leer las condiciones y alertar del peligro. - Llegó el paquete –ella al teléfono.
El relato transmite información por cuadros, forma el tono de los acontecimientos. La temperatura descendió, quizá fue por el efecto de las nubes cargadas de lluvia que se aproximaban a gran velocidad sobre el pedazo de cielo arriba de su cabeza, de pronto sentimos frío; los cuatro hombres de seguridad guardaron la posición de salida, desde la habitación en la segunda planta logré distinguir que algo se movía de izquierda a derecha frente al portón de la casa, pero guardé silencio. - Ya está el paquete –la voz de ella sonaba apagada, con una ligera preocupación.
Poco antes de todo esto, la salida del paquete, el grupo de hombres frente al portón, el auto detenido en la calle -cuando yo aún permanecía esperando el momento oportuno dentro de la habitación- algo se movió en la oscuridad entre la cama y el librero.
En la casa vecina se escucharon ruidos, la perra levantó el ladrido o algo se movió en la azotea o bajo la tierra; se escucharon pasos. De noche la casa entera hace ruidos, no sé si sea porque en la noche las cosas se enfrían y recobran su forma, se rearman luego de dilatarse durante el día. No quise pensar otra cosa, afuera estaba la gente, sólo esperaba el momento para soltar el paquete.
En las inmediaciones del aeropuerto ardían las fogatas, lo habían anunciado los informantes, habría manifestaciones violentas contra el gobierno y yo determinaría el momento preciso en que todos se pondrían en movimiento.
Eran las nubes, los truenos, las corrientes eléctricas que anticipaban la lluvia de junio, era el aire que de pronto se tornó frío.
El gobierno y sus opositores facilitaban las cosas; sólo hay que hacer la lectura del aire para determinar el tiempo y soltar el paquete.
Había federales.
En el preciso momento en que encendí la lámpara pararon los ruidos, la perra siguió ladrando a las sombras, o al viento o al maldito gato gris que se monta en lo alto del muro para provocarla. Me asomé por la ventana, la perra no dejaba de ir y venir como un caballo frente al muro; un gato que monta, una perra que se siente caballo y galopa incansable sobre el césped, cerré los ojos. Tomé un libro y continué la lectura que había suspendido en la tarde, cuando me avisaron que tendría que soltar el paquete.
Frente a mí tenía un relato de infieles, el crimen que trama una pareja para deshacerse del marido que se encontraba en la finca, que leía una novela en el salón mientras en la casa reinaba el silencio del fin de semana. La trama doble, el marido lee una novela en la cual una mujer y su amante piensan eliminar al marido.
Metido en la lectura no sentí que caía la lluvia, cuando me di cuenta del agua suspendí abandoné el libro sobre la mesita de centro, sentí que ya había pasado el tiempo, que ya era de madrugada; había citado a la gente que llevaría el paquete al aeropuerto. Hay vuelos que salen antes que amanezca. Pero no, aún era medianoche, la perra no dejaba de ladrar en el patio.
El olor de la tierra mojada me hizo recordar un poema de Wislawa Szimborska.. - Ya llegó el paquete –dijo ella y yo colgué, no quise saber más.



