César Rito Salinas
La creación no es un golpe de dados. El momento creativo es muy parecido a una cana, una arruga, un pliegue que aparece sobre el trabajo diario.
__Solo soy creativo en una atmósfera determinada.
De natural cotidiano soy una persona torpe, con muchas dificultades para imaginar escenas, situaciones. Cosas. Requiero de un gran volumen textual, escribir a diario, para que un día las circunstancias me pongan en una determinada situación para que -dentro de mi torpeza- obtenga una relación específica, singular, que con ese volumen textual, las páginas del día a día, obtenga algo para compartir.
Dicho en otras palabras, lo que entrego al lector es una lectura, un objeto para la lectura.
Poseo un buen número de textos, digamos que es la mina donde cada cierto tiempo bajo con pico y pala a romper la piedra hasta encontrar una forma singular, única, que considero puede ser compartido, ser entregado como eso que conocemos como literatura.
Pero no poseo una estrella en la frente, ni utilizo una libreta donde apunto situaciones del día a día, rostros, cuerpos, imágenes que se pueden llevar a la libreta, no. El pliegue brota cuando escucho las teclas del trasto, cuando ese ruido me sumerge en una atmósfera sofocante. Quizá lo que busca es la atmósfera de Tehuantepec, donde pasé la infancia, pero esto no lo sé de cierto.
Mi instinto de lector brota, me asalta, me rebasa cuando en mi cabeza se arma un sentido determinado, desconcertante, cuando frente a los materiales los dispongo.
Y de ese texto se puede leer otra cosa.
Los libros no tienen sentido hasta que alguien lo lee, en ese momento se logra lo que conocemos como literatura.
Escribir lo que se llama escribir no se realiza escribiendo sino leyendo.
Y en general leo sin mirar la máquina o la hoja, leo en mi memoria, en mi cabeza. Tengo memoria de elefante.
Escribo a diario y -hay días- en que por un aroma, un sabor, un color se logra que de pronto mis neuronas se iluminen y se conecten, se energicen.
Tengo un almacén de palabras en la memoria que no utilizo en la vida cotidiana. Porque no me nace, poque sí. Porque no tengo talento o no me gusta andar por la vida faroleando. Mi memoria de las palabras -el almacén- funciona cuando debe de funcionar, cuando me pongo a escribir.
Y en ese almacén están todas las palabras, todos los tonos del lenguaje escrito. Y escribo y junto materiales que se repelen, que nunca fueron imaginados juntos.
Y en ese momento en que se buscan esos caminos secretos se forma lo que se conoce como momento creativo.
¿De dónde viene? No lo sé, no me interesa saberlo.
Creo con fervor que escribir es hacer lo que a uno le toca hacer. A mí no me toca investigar de dónde vienen las palabras, ¿para qué? No soy dios ni demonio ni angelito de la corte celestial.
Esa no es mi chamba.
Lo mío es estar preparado, dispuesto, ser el territorio donde ocurre en momento creativo, el sitio donde las neuronas se iluminan.
Vivo, camino, ando, vivo como si la persona que escribe no tuviera ninguna relación conmigo.
Con la gente que conozco o me conoce, paso por lento. Si me dicen quédate acá, me pongo. Si me dicen quédate allá, allá me quedo.
Soy como un mueble, carezco de iniciativa.
Y mientras hago lo que se me piden mi cabeza trabaja.
Las dendritas miden distancias, sopesan la situación del lenguaje. Y cuando llega el momento puedo escribir (armar la lectura) donde sea, en el café, el camión, la cantina, en la iglesia.
Cuando la gente que me conoce por lento descubre la escritura se sorprende.
Porque del tiempo ordinario no ven en mi persona nada singular, carezco de palabras, de iniciativa, soy un fardo.
__ Publicas mucho, ¿no te cansas?
__ No.
Me mantengo fiel a la página diaria, esa es mi medicina, mi medida.
Porque si no escrito, si paro el vuelo de mis manos sobre el teclado, algo pasa. Me enfermo o se me cae la mala suerte encima. Pierdo dinero, se me olvidan las cosas, o me extravío en el centro de la ciudad.
El estar enterado de este momento creativo me sirve, tomo mis precauciones. No salgo de casa.
No me despego de la máquina.
No es que diga “voy a escribir”, no.
No, no me siento a escribir mi novela, mi libro de relatos o mi poema. No, las cosas no funcionan así.
Los libros no son proyectos que se carguen en el lomo todos los días, los 365 días del año. No.
Eso mata a la gente, me lo dijo el finado Eusebio Ruvalcaba, “escribir mata”.
En realidad, no cargo los proyectos de libro en la cabeza. Encuentro que esa es la forma más inútil de llevar el proyecto adelante.
Porque cuando se arma el libro se relee algo, aquello que uno ya escribió.
Soy un maniaco de la lectura.
Y consumo mucha lectura en el día, esa es mi medicina.
Y cuando no encuentro lo que busca mi cabeza, busco entre mis papeles.
Y ahí corto, pego sumo, reduzco, modifico -edito.
Hasta que veo allá al fondo la colita blanca de la ratita.
Y la tomo de la cola, la hago girar, le doy vueltas, vuelta y vuelta.
Hasta que le veo el rostro al animalito, y cuando logro verlo digo sí, tengo un libro.
Porque el libro escrito por uno es un organismo nuevo en el mundo al que necesitas verle el hociquito.
Y ese animalito no viene del aire ni del acto de pensar, no.
Para mí que llega con la lectura, esa es mi práctica.
Y a ese animalito que ya le veo el rostro me nace alimentarlo, crecerlo, darle biberón o papilla, quererlo, crecerlo -creerlo.
Hasta que se vuelve el monstruo que tiene por destino ser.
Y no sufro de bloqueos.
Porque en la práctica el momento creativo no es la invención de las letras, no, esas ya están inventadas; resuelvo el asunto de forma lógica, con lecturas.
Y a veces con lecturas de mis apuntes, de mis tarjetas.
Cada libro tiene ya marcado su destino.
Las lecturas que practico las llevo en distintos escenarios, en el mar, la selva, la noche, el día, la madrugada.
Con determinadas personas, personas singulares en el mundo de conflicto o en espacios cargados de mucho silencio.
En medio de una fiesta, un burdel, la cantina.
-0-
Los libros no tienen final.
Por eso tampoco me ocupo del final de los libros.
Uno se enamora de sus archivos, de su lectura diaria. Digamos que son mis hijos epilépticos, los que necesitan cariño, cuidado. Y no me despego de ellos, no cuando los integro en un libro. Porque en cada vuelta, cada vez que leo ese material encuentro relaciones de sentido nuevas, nuevas potencias.
Porque al final de cuentas solo escribimos fragmentos, pequeños cubos de tiempo.
Lo demás, la lectura, la pueden hacer todos. Cualquiera. No se requiere mérito para sumar una palabra tras otra palabra escrita. Todo esto que he mencionado forma para mí el tan llevado y traído momento creativo.





