La tarde del sábado abrió su corazón a la lluvia, la antigua ciudad de Antequera con su cantera verde elevó suspiros.
Frente al mercado 20 de Noviembre corrió la sangre – suicidio, dijeron las primeras investigaciones, se repitió la investigación qué culpa al muerto de su propia muerte. La ciudad se recogió a las faldas del Fortín, pueblecito de cuento de hadas.
La Provincia puede ser un territorio estable en lo imaginario. En esas tierras de la imaginación las mujeres bailan, inventan guisos, bordan con hilos de sueños. Los hombres se matan o mueren por mano propia, ebrios de mezcal y de angustias.
El gobierno imagina que gobierna, ausente. Hay mujeres que salen a las mezcalerías a repartir Fanzine, leer poemas. Cae la lluvia oronda sobre piedras y almas, arroyos abandonados.
El poeta piensa en un taller de poesía que bien podría impartir en el Salón de Belleza de su madre, el espacio puede llamarse Sarita.
El tiempo permanece estable, llueve, hay Guelaguetza, poetas con sueños de ediciones accesibles para ser adquiridos por secos bolsillos





