sábado, julio 18, 2026

Cabeza de gelatina volvió a sus papeles, dentro de una carpeta de bordes oscuros

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Cabeza de Gelatina volvió a sus papeles, dentro de una carpeta de bordes oscuros encontró estas hojas: En la noche del 26 de agosto de 1950, en Turín, Italia, en el Hotel Roma, habitación 346, se suicidó el escritor Cesare Pavese. En el hotel se conserva el teléfono de pared Siemens desde donde Pavese habló a cuatro mujeres para solicitar que lo visitaran, petición que no fue atendida: una antigua amante, una recién conocida, la hermana y una prostituta.
Este hecho, el suicidio, se podría decir esperado entre poetas y narradores de aquellos años, había terminado hacía pocos años la Segunda Guerra Mundial, desencadenó una serie de hechos que hicieron cambiar la forma de hacer literatura.
Pavese tenía escritos a la hora de su muerte algunos libros en poesía y en el género de novela: En especial recuerdo su Trabajar cansa, en poesía -esa mirada agotada del vivir que se despide de los hechos cotidianos, rostros y lugares, rutinas, con un canto de adiós a los actos diminutos de la existencia- donde deja su voz urbanizada sobre el pueblo de su infancia. Este hombre de mirada cansada que fue niño y registra puntual ese amor a lo simple y cotidiano, lo humano. Pavese ocupó en su trabajo literario la mirada de la persona que habitó el pueblo y regresa, ya mayor, letrado, a mirar aquel espacio del asombro que fue, que ya no es, por la acción del lenguaje escrito -quien escribe es otro.
Aquellos amores que fueron nuestros, el campo, la familia, ya no los podremos recuperar con nuestras palabras porque las que utilizamos de adultos nada saben de aquellos hechos, las situaciones simples. El hombre que escribe adapta su pasado al lenguaje del adulto que recuerda y tiene presente el proceso cultural de las letras. Y, al utilizar esa materia, el adulto que escribe entra derrotado a el propósito de ser fiel a sus recuerdos, a la pulsación de su sangre. Y de este hecho, Pavese aborda su teoría literaria: somos los provincianos los que consumimos los libros en las ciudades, aquellos que guardan sentimientos sobre el sitio perdido.
Y en esta convicción se desarrollan los géneros literarios, las búsquedas, el núcleo de la literatura: arrojar luz sobre la insoldable alma humana. El pueblerino en la ciudad vive sin olvidar los días de su infancia. Produce, labora, genera economía -hay que visitar los mercados oaxaqueños en el centro del país, el norte-, cuando por amor a los aromas de su recuerdo abre sus mesas, ofrece sus productos. Y esas personas luchan por conservar que las palabras que nombran sus productos nadie las olvide, menos ellos y su familia.
Y este hecho de la memoria genera economía, este deseo de preservar las palabras de la infancia, del lugar de la infancia. Y ahí es donde Pavese señala la vigencia de lo que conocemos como literatura, que tiene que ver con el sentimiento cumplido de la traslación -el relato de que vuelve cuenta- para aquellos que migramos sin esperanzas del retorno. La humanidad enfrenta el proceso migratorio desde su origen, en un principio fuimos pueblos nómadas. Este hecho del nomadismo que cargamos en nuestro corazón nos lleva a consumir noticias de nuestra tierra que fue, que ya no será -pero que late en nuestra sangre.
Más oscuro que la noche en que se perdió el cuche. Pongo por nombre María, aunque todos sepamos que no se llamaba María. Pero de ella es la expresión arriba escrita, y no la dijo allá por los rumbos de la playa del río, ni en el oscurecido atrio de la iglesia, ni en ninguna de las calles apartadas del barrio. Esta María, mujer muy bandida, llegó caminando, sola, al callejón de Pepe Dichi. Quién sabe qué andaría haciendo la mujer por ese sitio. Allá arriba, en la carretera, ya habían pasado los camiones que traen a los obreros de la última guardia en la refinería. En el callejón no permanecía ya ninguno de los borrachos que esperan el regreso de los trabajadores para pedir algunos centavos para comprar la última cerveza de la parranda. Las luces estaban apagadas. La gente ya dormía a esa hora, en el patio de su casa. Pero por ahí andaba María, con la frase entre los labios: “más oscuro que la noche en que se perdió el cuche”. La dijo bajito, junto a mis cabellos, bien lo sé, ya no caminamos más. Todavía lo recuerdo -aunque ha pasado tanto tiempo.
Pavese supo que el tono de la conversación será la manera óptima, potente, en que se pueda hacer la literatura. Y de esa forma dialogada, es el Diario donde se emiten mejor las imágenes que generan pensamiento en el lenguaje escrito. Al morir por mano propia Pavese dejó escrito su Diario, titulado El oficio de vivir, inicia el 6 de octubre del 35: “Cada vez me parece más inútil e indigno el esfuerzo, y más fecunda que la insistencia en las mismas teclas, la búsqueda, concebida hace tiempo, de nuevas cosas que decir y, en consecuencia, nuevas maneras de hacer”. Y en esa frase, años después, se fundó el nacimiento de las literaturas que se dieron fuera de las capitales culturales del mundo.

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