domingo, junio 14, 2026

Barbacoa de tres carnes

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Ya les he contado breves estampas referidas al Gordo de Tapanalá, un personaje caminero conocido por varios de mis contactos, como ya lo he verificado también. Aquel que me sirvió un “popurrí de frutas”, el mismo que ofrece café con sus inofensivos agregados, bien para que llegues despierto y sin problemas hasta Salina Cruz o hasta Tapachula. El mismo que es capaz de venderte un pozole de jabalí, regalándole sus colmillos a un taxista que hace negocio con ellos encasquillándolos y vendiéndolos a costos muy elevados con los turistas de las bahías de Huatulco. Otra escena corresponde a que, en su hielera bien surtida, cuenta siempre con un jurel de gran tamaño, el cual no lo usa para escabeche o caldo, sino para ofrecer a los paseantes una pose con él, una foto y los convincentes veinte pesos que les cobra.

Pero el tema de mayor peso es el de la relatoría de las tres carnes. En uno de tantos viajes que hicimos con Mundo Amaya o Tamaro a Tehuantepec o quizá hasta Villahermosa, en algún regreso justo nos vino el hambre pasando por Astata, y Mundo, que sentía cierta predilección por nuestro gordo anecdótico, propuso avanzar un poco más para comer en su puesto. Llegamos al primer tope de Sta María Huamelula y, a mano derecha bajo una parota o higo, no recuerdo bien, estaba el Gordo con un asador en la mano, sombrero y delantal. Su recepción fue efusiva; mis clientes, dijo, mis amigos, pásenle, pásenle. Sin mayor preámbulo, preguntamos por lo que nos podía ofrecer para aquella hambre robusta que traíamos y su respuesta fue precisa y única: barbacoa. Preguntamos en relación a la carne y nos dijo, sin presunción, pero con holgura, que contaba con tres barbacoas, de res, de borrego y de chivo.

Mundo optó por la de res y yo pedí la de borrego. Hasta ahí hubiera llegado este condimento verbal, si no fuera porque, a poco de haber llegado nosotros, hizo su arribo a la mesa contigua una sexteta de turistas nacionales quienes, al escuchar la mención de las barbacoas, preguntaron que si no tenía de venado. El gordo, en tono discreto pero melifluo, les dijo que cómo no, que para eso estaba el servicio en manos de él. Mundo y yo, en esas complicidades que surgen con los tratos y las convivencias largas, con la mirada hicimos el convenio de una estrategia para verificar las aseveraciones y dichos del Gordo. Como no era para disputar razones, terminamos de comer y seguimos nuestro camino. Y fue ahí donde Mundo me confirmó lo que yo ya había verificado al pasar frente a la cocineta de palos del Gordo: todas las barbacoas salían de la misma olla. El resto del camino fue de hipótesis y conjeturas: o bien nuestro estimado conserje culinario nos tomaba el pelo a todos, o bien había zambullido las diferentes carnes en la misma olla; Mundo llegó a aventurar que las tenía guindadas con hilos con su correspondiente etiqueta. Así con las barbacoas. Al final aventuramos que, ante cualquier reclamo, el Gordo habría salvado la situación diciéndonos con desparpajo y autoridad: “no hay problema alguno, mis estimados, el estómago las reconoce”.

Fer Amaya

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