Por Rodrigo Islas Brito |
Este jueves 10 de septiembre en el Museo de Arte Contemporáneo y de las Culturas de Oaxaca (MACCO), Pichancha aceleró, desaceleró, cotorreó, impulsó, resonó, encantó, explotó y rockeo como si el mañana fuera una eterna, gozosa y ruidosa caja de resonancia en la que todas y todos pudiéramos seguir agitando nuestras cabezas y esqueletos para siempre.
Thorvald, en el bajo, el grito y la voz, Tricky, en la guitarra y armonías, y Juan Pablo, en el estruendo y la batería, conforman este trio de distorsión, wah, eco y delay, con diez años de existencia, en que el tiempo loco retumba en las ganas dementes de hablar de temas mundiales, variados, feroces y felices, siempre en movimiento, que pueden ir desde las trampas de capitalismo y la cada ves más desalmada banca mundial, hasta eso que sucede cuando se te pasan las cucharadas en la fiesta y el degenere.
Sin temor a amplificar las notas y los chistes hasta sus últimas consecuencias, a ponerse románticos con el estrepito, a ensanchar los riffs hasta las cavernas del continuo autodescubrimiento, a reventar los tambores hasta la praxis jubilosa de un trueno sincopado, Pichancha hizo realidad aquello de que no hay mejor desmadre que el que se arma en un museo. Que aquel que se le arranca la solemnidad de las paredes blancas y las respingadas narices de los entendimientos.
El público fue llegando al toquín con las manos y las cabezas en alto. Pedo hasta la madre, Fierro viejo que vendan, Fucking Metal, Yo lo que quiero es una niña punk…. Rolas, acepciones y deseos que retumbaron en una audiencia variopinta que fue apareciendo con cita y sin ella. Que coreó, cantó, gritó, aplaudió y se dejó abandonar a la voluptuosidad de sentirse contento, a la alegría de vibrar alto, bajo y a medio pelo, a las simples ganas de rockear sin preocuparse de que tan random puede empezar a sonar eso, o de qué demonios quiere decir esa palabrita tan popular, tan sin chiste y con tan vacuo significado.
Bien lo ejemplificó el cancionero Thorvald (o Tourbal para quienes llevan algunos años de escucharlo y conocerlo), dedicándole las rolas y relatos al público general presente, pero sobre todo a aquellos que siguen rockeando después de una edad madura en la que la cada vez más liquida sociedad les dice y recontradice que ya están clínicamente muertos, colectivamente rebasados o existencialmente olvidados.
¡Ah la mierda con las etiquetas! Grita Pichancha con su música de acentos violentos y extendidos. “¡A la verga la cultura oaxaqueña!”, le grita a Thorvald a la cara un tipo cuarentón con tatema de entradas de aeropista y jeta de que en el alma carga mucho criko. El temerario sin greña se posa y grita en la cara del frontman cuasimetalero con el ímpetu de quien va a armar su propio espectáculo para quedar también en la memoria de aquello que ya se empieza a dibujar inolvidable. “Solo faltó que ese cabrón le soltara un madrazo al Thorvald para que el alucín hubiera estado completo”, diría después un espontaneo emocionado por tanto tamborazo roquero. Afortunadamente la sangre no llega al enrarecido río y el espontaneo enloquecido se sale del MACCO gritando cosas que seguro duelen, pero que ya nadie le entiende.
Pichancha habla fuerte en el cubo sonoro del museo estatal de cultura más importante de Oaxaca, se pronuncia para que realmente se abra el espacio musical oaxaqueño para las y los que se atreven a hacer una música original que vaya más allá de los covers de siempre. Al mismo tiempo, el director del MACCO, Luis Hampshire, graba con su celular a la banda con un estilo artístico, nervioso y documentaloso de artista contemporáneo, como si aquello fuera una intervención de algo…. Y lo ha sido. En el MACCO, Pichancha ha deshilado lo sacro, ha intervenido la pompa, la gravedad y el protocolo…. En el MACCO Pichancha le ha devuelto su riqueza inmaterial al caño… y el caño ha respondido en su estruendo.





