Arq. Minerva Reyes
Monte Albán duele cuando comprobamos que el territorio donde nació la lengua zapoteca se vuelve un espacio vigilado, tarifado, sancionado; duele cuando una institución —el INAH, guardián histórico del patrimonio arqueológico del país— intenta administrar ese cuerpo como si fuera un archivo mineral, un inventario de piedras numeradas, un recinto donde la vida debe pedir permiso para existir.
Duele cuando la comunidad zapoteca se ve obligada a justificar su presencia, su palabra, su cámara, su canto, su gesto.
La disputa reciente —la pretensión de cobrar multas y sanciones a quienes graben material audiovisual en Monte Albán para promover el arte y la cultura zapoteca contemporánea— no es solo un desacuerdo administrativo. Es una fractura simbólica. Es un choque entre dos formas de entender el patrimonio: una que lo concibe como bien regulado, y otra que lo vive como bien heredado.
I. El INAH y la administración del silencio
El INAH, siguiendo lineamientos federales y protocolos de conservación, sostiene que los sitios arqueológicos requieren control estricto: control de uso, control de imagen, control de actividades que puedan alterar la integridad del espacio.
Desde su perspectiva, la cámara es una herramienta ambigua, puede documentar, pero también puede explotar; puede difundir, pero también puede comercializar; puede honrar, pero también puede desgastar.
Por eso regula, por eso limita, por eso sanciona.
Pero en esa lógica —técnica, jurídica, institucional— hay un riesgo: convertir el patrimonio en un silencio administrado, un territorio donde la vida contemporánea debe mantenerse a distancia para no “contaminar” la pureza del pasado.
La conservación, cuando se vuelve rígida, puede transformarse en un modelo de desposesión simbólica.
II. La comunidad zapoteca y el derecho a la voz
La comunidad zapoteca, en cambio, mira Monte Albán como se mira a una abuela; con respeto, sí, pero también con cercanía, con afecto, con derecho.
Para muchas personas de la comunidad, grabar un video en Monte Albán no es un acto de explotación comercial, sino un gesto de continuidad cultural. Es una forma de decir: “Aquí seguimos. Aquí canta nuestra lengua. Aquí danza nuestro cuerpo. Aquí se renueva la memoria.”
La cámara en manos de la comunidad no es una amenaza, es un puente. Es una herramienta para que la cultura zapoteca del presente dialogue con la arquitectura del pasado.
Es una forma de activar el patrimonio inmaterial —la voz, el canto, la poesía, la escena— en el territorio donde nació.
Por eso la sanción del INAH a los artistas zapotecas duele como una traición, ¿cómo puede castigarse la vida que intenta honrar la vida? ¿cómo puede multarse la palabra que busca sostener la palabra?
III. Monte Albán como territorio vivo, la pugna por la legitimidad
La pugna actual no es solo legal, levanta preguntas que nos toca responder a todos. ¿Qué es Monte Albán? ¿Un sitio arqueológico administrado por el Estado? ¿Un territorio ancestral administrado por la comunidad? ¿Un espacio híbrido donde ambas legitimidades deben convivir? ¿El espacio del origen que es de todos?
Monte Albán es un territorio vivo, y los territorios vivos no se administran únicamente con reglamentos, se administran con escucha, con diálogo, con reconocimiento mutuo.
La comunidad zapoteca reclama que la institución distinga entre uso extractivo y uso cultural; la misma institución que no diferencia entre quien busca lucrar y quien busca honrar; que no reconoce que la cultura viva también es patrimonio, que el canto también es conservación, que la voz también es resguardo.
El INAH, por su parte, teme que la apertura indiscriminada genere deterioro, abuso, apropiación indebida.
Ambas preocupaciones son legítimas.
Pero la legitimidad no basta, se necesita relación.
IV. Hacia una política de la respiración
Monte Albán no pide silencio: pide respiración, que se ventilen en la plaza pública todos sus temas.
Pide que la institución escuche a la comunidad, que la comunidad dialogue con la institución.
Pide que la conservación no sea muro, sino puente, que la voz zapoteca no sea sancionada, sino reconocida como parte del patrimonio vivo que da sentido al patrimonio arqueológico.
Porque un sitio arqueológico sin comunidad es museo; un sitio arqueológico con comunidad forma territorio.
Y un territorio con voz es futuro.
Y en ese nombrar, quizá, comienza la reparación.
Mientras tanto, Monte Albán, desde su altura, observa la disputa como quien observa a dos hijos que no se reconocen.





