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El principio de la escritura

César Rito Salinas

Para Minerva Reyes

UNO
Piglia dice que se escribe contra algo, contra alguien.
En la adolescencia JC tuvo una relación con la literatura; podemos decir, por sueños. Alguna vez contó a su hermano mayor, Buk, que había soñado que Jorge Ibargüengoitia, el escritor de Cuévano, le entregó un par de tenis amarillos con líneas azules al costado.
Te entregó el legado -dijo Buk. El sueño trascurría en la primera cuadra de Salina Cruz, ciudad y puerto. ¿Qué legado podía recibir un adolescente que soñaba con los escritores en aquel mundo de olvido y marginación? Ninguno, de seguro el “legado” era una ficha de trabajador transitorio en la Refinería Antonio Dovalí de PEMEX: JC consiguió su ficha, entró de obrero a la refinería, le tocó hacer limpieza en los tanques de quinientos mil barriles; pudo estar dentro de la estructura metálica por el uso de la máscara antigás, armado con botas para inundaciones. En la refinería el puesto más codiciado por los jóvenes obreros era el de vigilante o el de bombero personal contra incendios, porque en esos encargos se podía dormir durante la jornada de trabajo. JC, el poeta, entró a la planta catalítica -donde fue ayudante de segunda. Donde, también, se podía dormir durante las horas de trabajo luego de revisar los niveles de lubricante en las bombas que succionaban producto de la torre fraccionadora. El horario de trabajo en la semana era alternado, dos días entraba a las ocho horas, dos a las cuatro de la tarde y dos a las doce de la noche. Desde niño JC fue bueno para el desvelo, práctica que adquirió en los días de agosto, recién cumplidos los nueve años, cuando falleció su padre. De la noche del velorio JC recuerda dos cosas. Uno, que los muertos pueden viajar largas distancias. Su padre había fallecido en el Hospital Naval en la Ciudad de México, nunca supo de qué murió, a los niños no se les informa de los padecimientos económicos, sentimentales o de salud de sus progenitores, el domingo del fallecimiento -un 20 de agosto- su hermana Guadalupe recibió una llamada telefónica, JC junto con sus hermanos recién habían llegado del mar, habían estado en Bahía La ventosa, en Salina Cruz. En la llamada una voz le dijo a Guadalupe, “preparen la casa”. Y aquellas palabras desencadenaron el llanto. JC era el benjamín de su familia, el shunco, en ese instante no sabía qué hacer -nunca aprendió qué decir en los momentos solemnes, por eso llegó a tener fama de duro o de lúcido, pero a la gente le gusta dar calificativos a este tipo a las personas que leen. El niño JC no supo el por qué el llanto une a las familias, aquel domingo sus hermanos habían peleado y, ya de regreso en la casa del barrio Santa María, en Tehuantepec, luego de la llamada, se abrazaron. ¿Va a regresar papá? -preguntó el pequeño JC y saltó de alegría.

DOS
Las sillas plegables de madera fueron dispuestas en el corredor de la casa, adentro, en la sala, ardían los cirios junto a la caja.
Había flores, el olor de las flores, el copal, su aroma se quedó en la memoria del pequeño JC. En alguna hora de la madrugada lo venció el sueño, alguien lo recostó sobre las sillas o él mismo busco espacio entre las sillas solitarias. En lo más profundo de su sueño tuvo una pesadilla donde aparecía un ave carroñera, un zopilote de largo pico le comía la mano izquierda (en ese sueño estaba dormido sobre las sillas del velorio, con el brazo izquierdo colgado fuera del estrecho asiento).

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