César Rito Salinas |
Para Minerva Reyes
En el preciso instante en que la Chamana tomó en sus manos el Señor San Pedro, tabaco negro con sal; la gota de rocío cayó de la hoja de oyamel a la piedra abierta como cuenco que espera recibir las bondades del agua antes del alba.
Corren las horas, repito palabras viejas. Somos gente de sangre fría y en nuestro anhelo mora el ser que habita más allá de las fronteras.
Si, cierto es. Leo, releo, subrayo. Si, cierto es. Sin duda ustedes lo habrán notado, me plagio. En mi cabeza permanece blanca máquina portátil que compró mi madre para enderezar mi vida, de noche, cuando no puedo dormir, escribo en hojas y hojas un muy largo texto de manera imaginaria.
En la adolescencia memoricé el teclado de la máquina portátil, la disposición de las letras. Ante los ojos azorados de mi madre realizaba veloz la escritura; desde la adolescencia tuve conciencia de las cosas, escribir me protegía, en la primera tarde de la escritura, supe que mi madre pediría que leyera lo que había escrito. Ella sumaba sus comentarios a lo que yo imaginaba en el momento. Y yo leía, inventaba, sacaba historias y narraciones de aquella máquina portátil.
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La migración del campo a la ciudad se da para ocultar la vergüenza, el crimen. En la memoria del que migra permanecen integraciones, resistencias que vienen desde su infancia.
¿Qué forman? El carácter ciudadano. Al guardia del edificio lo sobornan con chapulines. En las palabras que usa el migrante en la metrópoli está la conciencia nonata, permanece el jaguar que acecha al prójimo.
En los pueblos no comercian con lámparas de escritorio, hacen su escritura iluminados por el aullido de los perros. El silencio criminal del corta uñas forma un arma de destrucción masiva.
Los marginados en su propio idioma velan durante la noche la guerra de los zancudos. ¿Qué silencio nos convierte en asesinos?
La historia que contaré tiene un aire apurado, como en las películas. El gobierno se compromete con construir el progreso, ¿quién se compromete con la vida? Hay un abajo y un arriba para que se desarrolle la historia antes que los maniquíes se acostumbren a llevar máscaras.
La luna acaricia al viento cargado de espectros. La loma espera que se levante la luna mientras el polvo del camino acerca a los aparecidos. La luna sale en los ojos del perro echado en el patio, brinca, rebota entre los montes.
Saltan los fantasmas en la loma, celebran el aniversario luctuoso de un niño, Mario Jesús. El médico me dijo: “Te salvaste de la muerte”. Yo estaba acostado en el camastro del consultorio con la camisa sin abotonar. Me incorporé lentamente y dije: “Si, al mejor cazador se le va la liebre”. Salí del consultorio para agarrar el viento frío de enero. Había llegado a la consulta médica por un resfriado, en la calle se extendían a esa hora los pendones de la contienda electoral.
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Escribir es llevar una vida secreta, quedarse en casa a trabajar.



