César Rito Salinas
Para Minerva Reyes
¿Quién se mueve bajo lo que no existe?
El que escribe.
Escribo lento, con interrupciones
(soy escritor interrumpido).
Intentar hacer la escritura será volver a poner la canción escuchada en la adolescencia, dejarse llevar por las palabras que aún no se comprenden del todo
(tomar una pose, concretar el performance).
Mi hermano mayor salió a estudiar la preparatoria en CDMX. Al volver a casa de vacaciones me contaba, por las noches, las películas que veía en el cine; encuentro que ese relato inconexo con mi presente hizo mi concepto de la escritura de la ficción, escribir sobre lo imaginado de un relato contado por otro.
En el valle los días de julio son de cielo alto con tardes de aguacero.
Escribo como si lo que imagino fuera la realidad.
Descubro que esta posición frente a las letras me otorga fortaleza.
Pienso en mis autores favoritos, la lista es larga, todos guardan el mismo origen para la escritura, le otorgan condición de lo verdadero a aquello que imaginan.
Al final el mundo subjetivo triunfa, prevalece.
Encuentro también que para los seres humanos aquello que califican como lo verdadero está alejado de lo real.
Puedo citar ejemplos de forma infinita, el gobierno, la economía, el dinero.
Los asuntos, para que acontezcan, guardan condición con el sueño o pesadilla
(en cada persona se sostiene una condición de resistencia, negación. Este carácter funda las religiones).
Las letras están en la piel.
Hay gente que las busca en las ideas, pero eso resulta una contradicción. La escritura está en las letras, en el uso de las figuras gramaticales, en cierta relación que guarda la persona que escribe con la lengua 8las letras vuelan sobre el lomo de las letras).
Nadie escribe ideas.
Escribimos letras que, quizá, con el uso atinado de la lengua y un poco de suerte formen ideas en la persona que las lee.
El lector hace el trabajo de levantar ideas de su lectura.
Pero el que escribe no, solo hace los garabatos, las letras.
Me enseñó el uso de las figuras literarias un profesor de primaria. El hombre padecía alcoholismo, iniciaba la clase y a los pocos minutos abandonaba al grupo para acercarse a la cantina de Lola, la del Roble.
Los alumnos entrábamos a la cantina para recibir la calificación de la tarea.
Aquel hombre, desinhibido por el alcohol, hablaba de las figuras literarias, ponía ejemplos, citaba autores.
De aquella forma llegué a conocer a las metáforas, en el Roble.
Cuando escribo predomina el ambiente de la temperatura de Tehuantepec, una tarde sin lluvia, el olor dulzón de las cebollas amargas; el chicozapote.
Me entusiasma escribir, me emociona.
Siento que bajo las letras el tiempo no corre.
Las letras me hacen conservar el espacio de la infancia (las vías del ferrocarril, el puente de fierro; las aguas del río, la tarde sobre el sudor en mi piel).
Con el tiempo se convierte uno en un ambicioso, anhelo volver al pasado.
Y ahí están las letras y la tanta piel donde se extienden a sus ancha, a sus largas; nunca me quedo en blanco.
Escribir sobre aquello que uno siente verdadero te otorga potencia infinita, capacidad de trabajo.
Me distraigo con mil cosas. Por del vuelo de los zancudos, el canto de las aves, las sombras se agitan sobre mi campo visual.
Hay quien afirma que las letras lo escogieron a él.
Hay quien dice que llegó a la escritura por casualidad, equivocación.
Hay también quien dice que para escribir se estudia.
Encuentro todos estos argumentos válidos, bastante válidos.



