César Rito Salinas |
Debajo del pie charcos y setas (gordas)
Rocío Cerón, Mirador
Hablar de la identidad de los oaxaqueños no es hablar de una esencia, ni de un rostro único, ni de una herencia intacta que se transmite sin fricciones. Por el contrario, es hablar de una fractura histórica. A Oaxaca se le impuso una identidad y un territorio común como resultado de la Colonia, cuando dieciséis naciones indígenas —con lenguas, sistemas políticos, cosmologías y memorias propias— fueron obligadas a habitar una misma geografía administrativa. La identidad oaxaqueña, tal como hoy se nombra y se vende, no nace del acuerdo, sino de la violencia histórica del reordenamiento colonial.
La Colonia no solo expropió tierras y cuerpos; también reconfiguró las formas de nombrarnos.
Al reducir la pluralidad de pueblos a una categoría homogénea —“indios”, luego “oaxaqueños”— se borraron las diferencias internas y se creó una imagen funcional al poder. Desde entonces, la identidad ha sido menos un proceso vivido y más un dispositivo de control, una máscara que organiza el territorio y lo vuelve administrable. El problema no es que hoy compartamos un nombre o un espacio, sino que ese nombre se haya construido sin diálogo, como resultado de la imposición.
Uno
Sin embargo, el conflicto no pertenece solo al pasado. En el presente, los oaxaqueños asistimos con sorpresa —y a veces con complicidad— a prácticas que profundizan esa fractura: la gentrificación, los modelos de mercado cultural, el extractivismo material y simbólico.
El capital externo no solo transforma barrios, rituales y paisajes; somos también nosotros quienes, al buscar reconocimiento, desarrollo o pertenencia a lo “contemporáneo”, reproducimos lógicas que vacían de sentido nuestras prácticas comunitarias.
Dos
La identidad se convierte entonces en mercancía. Se empaqueta para el turismo, se estetiza para el consumo global y se simplifica hasta volverse una postal. En ese proceso, lo indígena deja de ser una forma de vida para convertirse en recurso cultural, y la diversidad interna de Oaxaca se diluye en un relato uniforme que promete autenticidad mientras la destruye.
El mercado no pregunta por los tiempos comunitarios ni por la memoria larga, exige resultados rápidos, imágenes claras, símbolos reconocibles.
Tres
Frente a este escenario, suele surgir una respuesta defensiva. La identidad como reacción al rezago histórico, como intento de “ponernos al día” con lo contemporáneo.
Se invoca la tradición como refugio, como algo que debe conservarse intacto frente al avance del mundo moderno. Pero esta respuesta, aunque comprensible, es insuficiente. Congela la cultura, la convierte en museo, y repite otra forma de violencia, la de negar el cambio, el conflicto y la transformación como parte de la vida social.
Cuatro
La tesis que aquí se sostiene señala que necesitamos generar identidad no como respuesta, sino como proceso. No como compensación por lo que nos faltó, ni como resistencia romántica frente al mercado, sino como resultado del tiempo compartido y de la convivencia social.
La identidad no se hereda completa ni se decreta; se construye en la relación cotidiana con diálogo, entre memorias distintas, en el reconocimiento de que convivimos sin ser iguales.
Cinco
Pensar la identidad como proceso implica aceptar la pluralidad sin forzarla a una síntesis falsa, implica reconocer que Oaxaca no es una sola voz, ni un solo relato, ni un solo ritmo. Que las dieciséis naciones que hoy habitan este territorio no están obligadas a disolverse en una identidad común para existir, sino a negociar formas de coexistencia.
Seis
La identidad, en este sentido, no es un punto de llegada sino una práctica continua de escucha, conflicto y acuerdo.
También implica que resulta necesario preguntarnos por nuestros propios actos: ¿qué vendemos cuando vendemos Oaxaca?, ¿qué silencios sostenemos cuando celebramos una identidad homogénea?, ¿qué memorias dejamos fuera para que el relato funcione? La identidad no se defiende solo contra otros; se cuida desde adentro, cuestionando nuestras propias comodidades.
En un mundo marcado por la aceleración y la extracción, apostar por la identidad como proceso es una apuesta ética significa devolverle tiempo a la cultura, permitirle cambiar sin romperse, y reconocer que la convivencia social —con todas sus tensiones— es el verdadero espacio donde se construye lo común.
No se trata de volver al pasado ni de alcanzar una modernidad prometida, sino de habitar el presente con conciencia histórica, sin máscaras impuestas y sin urgencias ajenas.
Quizá entonces, más que preguntarnos quiénes somos como oaxaqueños, deberíamos preguntarnos cómo queremos convivir en este territorio compartido. La identidad no será la respuesta, sino el camino.



