domingo, junio 14, 2026

Azabache

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La canción me sonaba como un badajo crispado, como si el viento lo hubiera doblado sobre la campana de mi pecho. Con indubitable temor contaba los días de su ausencia; la extrañeza de su piel blanca, me cernía la carne endeble de mi deseo por ella.

De nueva cuenta me encamino a la rocola, deposito la moneda y escojo el tema que Julio Jaramillo desgrana, desde la reciedumbre de su voz, con un acento que suena a calle interminable, a prenda deseada. La mujer del estante me mira con desdén y me conmina a cambiar de tema, sugiere que marque una cumbia para que, a cambio de veinte pesos, la baile conmigo, endilgándome su pecho sobrado y su entrepierna carnosa.

Pero mi extrañamiento es más fuerte que el deseo de disfrutar los menesteres de la compraventa de satisfacción pasajera, con una mujer distinta a la que mis sentidos aclaman. La que se fue de viaje para nunca jamás regresar, la qué tal vez jamás existió y yo imaginé en el éxtasis de mi voluntad reprimida.

Más la canción me habla de una mujer de cabello azabache, subyugando mis adentros con esa capa de ensueño derramada sobre mi frente nublada y enfebrecida. Y la mujer que yo extraño, aún sin que exista, tiene cabellera blonda y los ojos melosos capaces de deshojar en mi alma la frescura de veinte margaritas.

Por enésima vez la canción termina, y la compañera imprevista para aquella tarde aciaga, me refuta una vez más el empeño por volverla a escuchar. Entiendo que puede ser de mal gusto para ella escuchar lo mismo; pero para mí no, y yo soy el cliente, ella solo la que cuida el changarro en ausencia de la dueña.

De pronto todo se nubla, el mundo pasa a ser el aspaviento de la soledad. Algo me hace recobrar el sentido: ella está ahí asomándose a mis ojos con los suyos, derramando la cascada rubia de su pelo sobre mí extravío. Me conmina a recobrar el ánimo, aparta de mi mano el caballito derramado por mi inconsciencia supina, aleja toda suerte de duda de mi corazón confundido. La rocola ha dejado de sonar, la mujer del encargo se ha ido, y la dueña del establecimiento me apremia a salir porque no puede excederse en el tiempo dispuesto por el bando oficial que dispone los horarios para la disipación. Salgo por la puerta de atrás y la noche, esta sí azabache, me recibe en sus brazos de doncella perenne. Yo le agradezco su dulce amabilidad, suspiro con vehemencia y disfruto la vista de un cielo, aún estrellado a pesar de los quebrantos y las adversidades.

Texto: Fernando Amaya

Foto: Daniel Galguera

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