sábado, julio 18, 2026

Las vecindades que sostuvieron el siglo: crónica de una Oaxaca que se abre y se dispersa

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Arq. Minerva reyes Aguilar |

Esta es una crónica de resistencia.

A mediados del siglo XX, cuando el Centro de Oaxaca todavía era un territorio de patios compartidos, corredores húmedos y cocinas que olían a leña, las vecindades eran el corazón silencioso de la ciudad, no aparecían en mapas turísticos ni en los discursos oficiales, pero ahí se tejía la vida, el trueque de favores, la crianza colectiva, la fiesta improvisada, la solidaridad inmediata ante la enfermedad o la muerte. 

Eran, sin saberlo, escuelas de ciudadanía cotidiana.

En esas vecindades —las de la calle de García Vigil, las de Xólotl, las de Porfirio Díaz, las que se escondían detrás de portones de madera carcomida— la presencia de la mujer era absoluta. 

Ellas organizaban el patio, marcaban los ritmos, sostenían la economía doméstica, cuidaban a los hijos propios y ajenos, administraban el agua, el fuego, la palabra, eran las primeras en levantarse y las últimas en dormir. 

Sin ellas, la vecindad no hubiera sido más que un conjunto de cuartos.

  1. Del patio al centro cultural

Pero la ciudad cambió. A partir de los años sesenta y setenta, las vecindades comenzaron a vaciarse. 

Algunas fueron demolidas; otras, transformadas. Los patios donde antes se lavaba ropa o se velaba a un difunto se convirtieron en centros culturales, templos de la modernidad oaxaqueña.

Por citar algunos, el antiguo convento de San Pablo, hoy espacio de investigación, arte y diálogo, la Casa de Cortés, que más tarde sería sede del MACO, donde el arte contemporáneo encontró un hogar inesperado.

Las casonas pasaron de ser refugio de familias numerosas a vitrinas de exposiciones, talleres, conciertos.

La ciudad se sofisticó, se volvió destino, se volvió tienda de arte. Pero en esa transición, algo se desplazó, la vida comunitaria dejó de estar en el centro.

  1. El modelo que empuja hacia afuera

Mientras el Centro se convertía en un corredor cultural y turístico, el crecimiento urbano tomó otro rumbo. 

Primero hacia la colonia Reforma, luego hacia San Felipe del Agua y más tarde hacia los nuevos desarrollos que prometían modernidad, servicios y “calidad de vida”:

Las unidades habitacionales de Elta, los fraccionamientos de Tlacolula. Los conjuntos cerrados surgieron como hongos después de la lluvia.

Ahí, en esos nuevos núcleos, la vida se organizó de otra manera. Ya no había patio común, sino estacionamiento. Ya no había fogón compartido, sino cocina individual. Ya no había vecindad, sino “privada”. 

Y sin embargo, la necesidad de comunidad persistió, especialmente durante la pandemia, cuando los muros se volvieron demasiado estrechos y la soledad demasiado densa.

En esos años, las mujeres volvieron a ocupar el centro de la escena. Fueron ellas quienes organizaron redes de apoyo, intercambios de alimentos, cuidados colectivos, huertos improvisados en azoteas o patios mínimos. 

La vecindad, aunque ya no existía físicamente, resucitó como práctica.

  1. La mujer como hilo que no se rompe

Si uno mira con atención, la historia de Oaxaca entre el siglo XX y el XXI puede leerse como una larga migración del patio al fraccionamiento, del centro a la periferia, del fogón comunitario a la estufa de gas. Pero hay un hilo que no se rompe: la mujer como arquitecta de la vida cotidiana.

En las vecindades del Centro, ellas sostenían la memoria. En los nuevos desarrollos, sostienen la supervivencia. En ambos espacios, sostienen la comunidad.

Son ellas quienes recuerdan cómo se hacía el mole en el patio de la abuela, pero también quienes aprenden a organizar compras colectivas por WhatsApp. 

Son ellas quienes cargaban cubetas de agua desde la llave común, pero también quienes hoy gestionan comités vecinales para exigir servicios básicos. Son ellas quienes tejían petates en los corredores húmedos, pero también quienes ahora tejen redes digitales de apoyo.

La ciudad cambia, pero la capacidad femenina de sostener, articular y reinventar la vida comunitaria permanece.

  1. Una crónica de dos siglos

Esta es, al final, una crónica de tránsito, del siglo XX al XXI, del patio al centro cultural,
de la vecindad al fraccionamiento, del fogón al calentador solar, de la palabra dicha al mensaje de voz, de la vida compartida a la vida administrada.

Pero también es una crónica de resistencia. Porque, a pesar de los modelos de desarrollo que empujan hacia la dispersión, hacia la privatización del espacio y del tiempo, las mujeres de Oaxaca —las de antes y las de ahora— seguimos encontrando maneras de hacer comunidad, de mantener viva la memoria, de inventar el fuego.

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