miércoles, junio 10, 2026

Demografía, territorio y el desorden en la región de la costa oaxaqueña

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Por: Arq. Minerva Reyes Aguilar

En la costa de Oaxaca, donde el horizonte parece una línea interminable, la tierra comienza a sentirse pequeña. 

No porque haya encogido, sino porque la presión demográfica la está cercando, empujando sus límites naturales hacia un borde incierto. El crecimiento poblacional —ese fenómeno que en los informes se mide con cifras, tasas y proyecciones— aquí se experimenta como un cambio en la respiración del territorio, un jadeo, un desacomodo, una tensión que se acumula en la piel de la tierra.

La sobrepoblación no es un concepto abstracto, es un paisaje que se transforma demasiado rápido.

En Tonameca, en Puerto Escondido, en Punta Zicatela, en Río Grande y Santa Rosa de Lima el aumento de habitantes y la expansión urbana sin planificación genera el fenómeno que podríamos llamar, con precisión académica, desbordamiento territorial

Pero ese término técnico no alcanza a describir lo que ocurre en la vida cotidiana, la milpa que se fragmenta, el potrero que se vende, el manglar que retrocede, el agua que ya no alcanza para todos cambia el alma de la Costa. 

La demografía, cuando se vuelve aceleración, deja de ser un dato y se convierte en una fuerza que reorganiza la vida.

Desde una perspectiva académica, el crecimiento demográfico debería acompañarse de planes de desarrollo territorial, estudios de capacidad de carga, diagnósticos ambientales y mecanismos de participación comunitaria. Sin estos instrumentos, el territorio queda expuesto a un proceso de urbanización espontánea que genera presión sobre los sistemas hídricos, pérdida de suelos agrícolas, saturación de infraestructura, desigualdad en el acceso a servicios y vulnerabilidad ante fenómenos climáticos.

Pero desde una perspectiva poética —que también es una forma de conocimiento— lo que ocurre es más simple y grave: la tierra está siendo usada más rápido de lo que puede regenerarse. 

El territorio, que antes era un cuerpo amplio, ahora parece un organismo sitiado.

Este crecimiento demográfico en la costa no es homogéneo. Puerto Escondido y Punta Zicatela experimentan una densidad acelerada por el turismo y la especulación inmobiliaria; Río Grande y Santa Rosa de Lima sienten la presión en los caminos, en los pozos, en las escuelas; Tonameca observa cómo la tierra agrícola se convierte en lote urbano sin que exista un horizonte común.

La academia diría que estamos ante un proceso de expansión urbana no planificada.
La poesía diría que la tierra está siendo ocupada sin ser escuchada.

Ambas afirmaciones son ciertas.

La sobrepoblación, más que un exceso de personas es un déficit de planificación.
Un desajuste entre lo que el territorio puede sostener y lo que la sociedad exige de él,
un desequilibrio entre la velocidad humana y la lentitud natural.

El territorio habla, aunque no siempre lo oímos, habla cuando el río baja con menos agua, cuando la lluvia ya no penetra la tierra endurecida, cuando el calor se vuelve insoportable, cuando los caminos se saturan, cuando la basura se acumula sin destino, cuando la tierra agrícola pierde su continuidad.

Cada uno de estos signos es un dato, pero también es un poema trágico.

La pregunta que se abre —y que ninguna estadística puede responder por sí sola— es cómo crecer sin destruir.
Cómo habitar sin desplazar.
Cómo multiplicarnos sin borrar la memoria agrícola que sostiene la vida en la región.

El crecimiento demográfico no es un enemigo. La sobrepoblación no es un castigo.
Lo que amenaza al territorio es la ausencia de un proyecto común; sin ordenamiento territorial, el futuro se vuelve un azar. Sin participación comunitaria, el desarrollo se vuelve imposición, sin límites ecológicos, la urbanización se vuelve desgaste.La costa de Oaxaca está en un punto de inflexión.
Si seguimos creciendo sin pensar, la tierra se volverá un espejo roto: fragmentada, agotada, irreconocible.
Si aprendemos a escucharla, quizá podamos encontrar un equilibrio entre quienes somos y quienes seremos. Porque la demografía no es destino, es decisión.
Y el territorio no es un recurso: es un pacto.

La tierra se estrecha, sí.
Pero aún puede respirar si aprendemos a hacerlo con ella.

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