jueves, mayo 14, 2026

Breve crónica del río Copalita

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Por Arquitecta Minerva Reyes

  1. Baja desde la Sierra Sur de Oaxaca con el paso firme, de quien sabe hacia dónde va; toca comunidades que lo nombran, sin levantar la voz (su nombre le viene del nahuatlismo Copalitlán, “lugar del copal”). 

Porque al río se le respeta.

San Juan Ozolotepec lo ve pasar joven, frío; más adelante, San Francisco Ozolotepec le da sombra de cafetales y ceibas viejas. El agua aprende ahí el sabor del grano tostado y del maíz criollo y, su cauce, se vuelve más ancho, más cantador.

Ladera abajo Copalita sigue, trovador trashumante. Cruza tierras, la vereda será su única ley. En las cañadas profundas el río se ensancha y canta más recio; en los cruces, la gente aprende a leer su humor, cuándo deja pasar y cuándo no. 

Rancho Obispo, Agua Fría, Paso del Río, nombres que suenan a chilena; nombres que se dicen dos veces para que no se olviden. 

El Copalita no nace de golpe.
Se forma despacio, como una canción. Primero un murmullo en la sierra, hilo que aprende el camino a fuerza de tropezar con las piedras. Arriba, donde la tierra habla con pinos y neblina, el río avanza, recoge historias (quien lo mira aprende de la conservación de la existencia).

  1. Cada comunidad le arranca una copla, como hacía Chanta Vielma con su guitarra, el río escucha y se la lleva tonadas donde palpitan las comunidades. No pide nada, deja todo. Los manglares, los platanales, las huertas pequeñas que crecen a su orilla saben que Copalita llega con la lluvia y con la seca, siempre fiel, sin alardes. 

Así será el canto costeño, así corre el agua sencilla y profunda.

  1. Cuando el río se acerca al calor, la vegetación cambia de tono. El verde se vuelve brillante. El Copalita habla lenguaje costeño, decidor, dicharachero. Camina entre reptiles, aves y ramas que parecen inclinarse a beber. San Miguel del Puerto lo nombra frontera y camino; Barra de Copalita lo espera como a un viejo conocido.

Y ya cerca del final, el río no afloja el paso. La tierra se abre, el aire huele a sal. El Copalita llega a La Bocana. Sin despedidas largas se entrega al Pacífico mar, como canción de amor. Todo lo que cargó —la sierra, los pueblos, las caminatas largas, las noches de fogón— se envuelve con la marea. 

Así el río Copalita no presume su recorrido, no enumera paisajes, solo pasa y deja su música a la manera de las canciones verdaderas que resuenan sin músicos en el corazón solitario, en la memoria.

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